dijous, 17 de novembre de 2011

Muhindo, el ex-niño soldado

Pocos días antes de irme de Butembo (dejé la ciudad el 8 de noviembre) llegó a la oficina de GADHOP un misterioso joven. Una compañera me avisó de que se trataba de un ex-niño soldado. El chaval decía que le habían informado que había en la ciudad unos extranjeros que querían entrevistarle. Se refería a Germán y Ana, que visitaron el Kivu Norte durante dos semanas el pasado mes de septiembre y estuvieron trabajando en la producción de un documental sobre la Justicia Internacional para La Bretxa. Obviamente ellos dos ya no estaban, pero no quise desaprovechar una oportunidad caída del cielo para conocer mejor uno de los tantos dramas que azotan la República Democrática del Congo: el reclutamiento y utilización de niños soldados por parte de los grupos armados. Así que le dije que yo mismo le entrevistaría, porque tenía la intención de escribir un artículo (el que estáis leyendo). Fijamos día y hora para la entrevista. No llegó a GADHOP el día convenido sino días más tarde, pero finalmente llegó.

Su nombre es Muhindo Kahongya, y tiene 18 años. Nació en Bingi, un pequeño pueblo situado a 85 kilómetros al sur de Butembo, en el Territorio de Lubero (Provincia de Kivu Norte, este de la RDC). Pertenece a la etnia Nande, que es la mayoritaria en los Territorios de Beni y Lubero (y en Butembo).

Cuando tenía 13 años, en 2006, Muhindo se incorporó a la guerrilla congoleña de los Mai-Mai. Al contrario de otros grupos armados que operan en el Este, esta guerrilla está dividida en múltiples grupúsculos que operan en zonas diferentes e integran a etnias congoleñas diferentes, aunque todas se auto-definen como “Mai-Mai” y comparten un ideario nacionalista que les lleva a luchar contra los grupos armados extranjeros presentes en el Este del Congo (principalmente ruandeses y ugandeses). El grupo en el que se integró Muhindo operaba en la zona de Lubero bajo la dirección de Vita Kitambala, y estaba formado en su casi totalidad por soldados de etnia Nande como él.

Muhindo afirma que se integró libremente en la milicia, aunque lo hizo muy condicionado por las circunstancias adversas. Cuenta que tenía varios amigos Mai-Mai que, en muchas ocasiones, le obligaban a transportar cosas (agua, alimentos, etc.) para ellos. Lo interceptaban cuando caminaba desde su casa hacia la escuela (hay una gran distancia entre ambos) y se lo llevaban. Estos “secuestros” se convirtieron en un hábito pernicioso, que hacía que muchos días no pudiera asistir a clase. Al final acabó tirando la toalla, abandonó sus estudios de sexto grado de primaria y decidió unirse a los Mai-Mai.
 
Muhindo, el ex-niño soldado

Tras incorporarse al grupo, recibió una formación militar básica: le enseñaron a utilizar las armas, pero también a protegerse con la “magia” tradicional. Los Mai-Mai son reconocidos por la mayoría de congoleños como los guardianes de tradiciones y prácticas mágicas ancestrales, que actualmente son desconocidas por el común de la población. Se dice de los soldados Mai-Mai que son capaces de hacerse invisibles en los combates, que las balas de los enemigos no penetran sus cuerpos, que son capaces de volar, etc. Y según mi propia experiencia, he podido comprobar que no sólo las capas menos educadas de la sociedad creen a pie juntillas en los poderes mágicos de los Mai-Mai; también gente con niveles educativos medios y altos.

Muhindo me contó también que los Mai-Mai crean agua mágica que les protege de los ataques enemigos, al mezclar agua normal con hojas del bosque. Esa agua la rocían sobre los soldados, para convertirlos en guerreros invencibles. Según Muhindo, cuando el soldado es rociado con este agua mágica, se convierte en un espíritu diferente. Esta peculiar utilización del agua mágica es la que da nombre a esta milicia, ya que Mai en swahili significa agua. El agua también puede ser bebida, para beneficiarse de sus poderes mágicos. Otra práctica de protección mágica consiste en introducir cenizas de brasa en las articulaciones del cuerpo, cortando previamente esos puntos del cuerpo con hojas de afeitar.

Los soldados Mai-Mai deben conocer y respetar las normas mágicas que regulan sus actividades cotidianas, tanto en el amor (a la hora de tener relaciones sexuales con una mujer) como en la guerra (en combate con los enemigos). Si no se respetan estrictamente estas normas, el poder de los fetiches y protecciones mágicas se debilita, y el soldado se pone en una situación de peligro al ser más vulnerable. Por ejemplo, cuando el soldado combate con tropas enemigas nunca debe llevar dinero en los bolsillos (puesto que atrae a las balas), ni jabón ni crema.

Entre 2006 y 2009, de los 13 a los 16 años, Muhindo combatió al lado de los Mai-Mai; y mató, cuando fue necesario. No era el único niño soldado en su grupo: había otros de 13, 14, 15 años...Incluso había menores de 12 años, aunque afirma que esos no combatían y se dedicaban a los “cuidados médicos”, es decir que trabajaban como ayudantes de los “doctores” del grupo y aprendían los secretos de la magia ancestral. También había en el grupo niñas soldado, aunque sólo las mayores combatían; las menores ayudaban a preparar la comida de los milicianos. Intenté indagar si, como sucede en todos los grupos armados congoleños, las chicas eran explotadas sexualmente por los hombres Mai-Mai; Muhindo respondió evasivamente afirmando que para satisfacer esas necesidades ya estaban las mujeres de los soldados, que también vivían con el grupo. Según Muhindo, los Mai-Mai utilizaban a niños en sus actividades militares porque son sumisos y fáciles de someter.

El grupo Mai-Mai de Muhindo luchó ferozmente contra sus dos mayores enemigos:
  • El CNDP (Congrès National pour la Défense du Peuple), conformado por tutsis congoleños y temido por la población del país por su brutalidad. La supuesta misión de esta milicia era proteger a los tutsi congoleños (también conocidos como banyamulenges) de los ataques de las milicias hutus ruandesas del FDLR. Aunque la mayoría de los combatientes del CNDP nacieron en la RDC, los Mai-Mai y la inmensa mayoría de la población congoleña los considera extranjeros, concretamente una quina columna del gobierno ruandés pro-tutsi del Presidente Paul Kagame. Actualmente el CNDP ya no existe formalmente puesto que se integró en el ejército congoleño (FARDC, Forces Armées de la République Démocratique du Congo), aunque sigue siendo un gran poder en la sombra
  • Las FDLR (Forces Démocratiques de la Libération du Rwanda) son una potente milicia creada en el Este de la RDC en el año 2000, conformada por hutus de origen ruandés. Se nutrió de los miles de refugiados hutus que alcanzaron la RDC tras el genocidio anti-tutsi que tuvo lugar en Ruanda en 1994. Los hutus de Ruanda huyeron de su país por miedo a las represalias del gobierno tutsi que tomó el poder tras el genocidio.

Milicianos hutu de las FDLR

En 2009 el joven Muhindo, tras 3 años combatiendo para los Mai-Mai, soñaba con volver a la escuela y continuar sus estudios. Una bala que impactó su pierna durante un enfrentamiento con el CNDP le acabó de convencer de la necesidad de dejar su vida miliciana. Su herida no fue casual, sino el resultado de un error fatal: olvidó sacar el dinero que tenía en un bolsillo de su pantalón, y eso atrajo las balas tutsis. Otro factor que le impulsó a dejar la lucha fue que la mayoría de los compañeros de su edad ya habían abandonado los Mai-Mai: los menores habían regresado con sus familias, y los mayores se habían desmovilizado e incorporado en el ejército congoleño.

Hoy en día el grupo Mai-Mai en el que Muhindo luchó ya no está activo. Su líder Vita Kitambala se desmovilizó y se encuentra en la capital Kinshasa. Sólo quedan, escondidos en las malezas, los “doctores” y sus ayudantes, que guardan los fetiches del grupo. Estos últimos resistentes sólo esperan la orden de Kitambala para abandonar definitivamente su vida fugitiva y reintegrarse a la sociedad. Muhindo recalca que si el peligro les acecha, aunque ya no luchen, sabrán como hacerse invisibles para salvar sus vidas.

Nadie ayudó a Muhindo a desmovilizarse: ni el gobierno de la RDC, ni la MONUSCO (la misión de la ONU en la RDC); sencillamente, regresó a su casa con una mano delante y otra detrás. Aunque tiene intención de volver a clase, no lo ha conseguido porque la pierna aún le duele demasiado como para volver a caminar los kilómetros que solía caminar para llegar a la escuela. Tampoco tiene trabajo.

Le pregunté a Muhindo qué opinaba del caso de Thomas Lubanga y del de otros líderes congoleños, que están siendo juzgados en la Corte Penal Internacional (La Haya, Holanda) por haber reclutado y utilizado a niños soldados. Aunque durante la mayoría de la entrevista el joven no me había mirado a los ojos esta vez lo hizo, brevemente, y me respondió: “No lo sé. Es complicado...”. Tras dejar ese interrogante abierto, aclaró que no le parecía bien que los niños hicieran de soldados en lugar de ir a la escuela. Al preguntarle por la legitimidad del uso de la violencia, afirmó que ésta no es una buena solución para resolver los problemas.
 
El drama de los niños soldado en la RDC

Dejé la pregunta más sensible para el final. Quería saber si la violencia sexual era una práctica común en su grupo Mai-Mai, como lo es en todos los grupos armados que operan en el Este de la RDC. Rotundamente, respondió que los soldados que abusaban sexualmente de las mujeres podían perder la protección mágica de los fetiches, y eso les ponía en riesgo. Y esa no era la única consecuencia: si algún soldado actuaba de esa forma, era ejecutado por sus compañeros. Algo difícil de creer, a la vista de los informes de las organizaciones de Derechos Humanos que denuncian incansablemente la violencia sexual ejercida por todos los grupos armados en el Este del Congo, incluyendo al ejército y la policía nacional.

Para agradecerle su colaboración, le di 5 dólares. El único momento en que le vi sonreír durante nuestro encuentro fue cuando puse los billetes en su mano; durante el resto de la entrevista su mirada fue esquiva, pesada, oscura. Durante 3 años Muhindo combatió, mató y seguramente, violó. Dejó la guerra en 2009, pero aún siente las consecuencias de la violencia en su pierna adolorida y sobretodo, en su mente. Tiene 18 años y una vida entera por delante. Cómo él, miles de ex-niños soldados luchan por dejar atrás el infierno de la guerra y abrirse camino en el nuevo Congo, más democrático, que lentamente va emergiendo. Esperemos que lo consigan.

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