dilluns, 12 de setembre de 2011

Sobre el anonimato

Butembo no es un lugar fácil para un europeo acostumbrado al estilo de vida occidental. Es cierto que el bajísimo coste de la vida en la ciudad ofrece ventajas: la posibilidad de vivir en una gran casa con jardín, de contar con servicio doméstico, de comer bastante bien en un restaurante a bajo precio, etc. Pero por otro lado, abundan las desventajas de vivir aquí: acceso irregular a la electricidad (que siempre requiere el funcionamiento de algún generador), la imposibilidad de tomar una ducha con agua caliente (ya sea por problemas eléctricos o de provisión de agua corriente), conexión pésima a Internet, inseguridad en los desplazamientos por la región, servicio telefónico irregular y de baja calidad, inexistencia de centros culturales (cines, librerías, museos, teatros, etc.), oferta limitada de ocio (bares, discotecas), carreteras en pésimo estado, inexistencia de instalaciones deportivas (salvo campos de fútbol), etc.

En mi caso -y supongo que la mayoría de mis colegas cooperantes estarán de acuerdo conmigo- todas estas desventajas materiales se ven compensadas por la gran satisfacción que me aportan otras experiencias: contribuir al desarrollo de un país, luchar por mejorar las condiciones de vida de la población local, conocer nuevas realidades culturales, hacer amigos provenientes de todo el mundo, viajar a lugar fascinantes, etc. Creo que, habiendo vivido durante 7 años en varios países de América Latina y en Palestina, estoy más que acostumbrado a vivir en condiciones materiales "incómodas". Sin embargo, en Butembo me enfrento a una situación nueva para la cual quizá no estaba preparado. No tiene tanto que ver con la comodidad material como con la comodidad personal.

Tal como reza el título del blog, soy un muzungu en Butembo. Ser un muzungu en esta tierra implica ser un ser extraño que llama permanentemente la atención y despierta miradas atónitas, gritos de sorpresa, risas infantiles, saludos efusivos, etc. Como ya he explicado alguna vez, al contrario de los cooperantes que viven en la ciudad, mis medios de desplazamiento no son los vehículos 4X4 sino una bicicleta, las moto-taxis y mis propias piernas; es decir, que estoy más expuesto que el resto de expatriados a las miradas de los transeúntes.

Esta sobre-exposición me permite tener un contacto más directo con la gente, conocer mejor la ciudad, divertirme con los niños, bromear con los curiosos, etc. La verdad es que en general, me lo paso muy bien por las calles de Butembo. Pero el precio que un cooperante tiene que pagar por el hecho de ser un muzungu en Butembo es alto: la pérdida del anonimato. Sin duda hay gente, en todos lados, a quien le encanta llamar la atención...pero no es mi caso. Algunos días sueño con ser invisible para poder caminar sin que la gente me vea, pero mi blanca piel me delata. Además, la capacidad de sorpresa de los habitantes de Butembo al ver a un blanco parece ilimitada; incluso pasando cada día por las mismas carreteras, mi presencia les sigue llamando la atención.

A veces me gustaría ser como el mítico hombre invisible

Qué tiempos aquellos en los que caminaba por las ciudades del mundo, especialmente por mi Barcelona natal, y la gente ni siquiera me miraba. Era una hormiga más del hormiguero, cruzándome con mis semejantes con toda normalidad. Es cierto que en Palestina también podía llamar la atención paseando por un pueblo o un campo de refugiados -más que en América Latina-, pero nunca tanto como en Butembo.

Cuando más cuenta me doy de la fatiga que produce esta ausencia de anonimato es durante el fin de semana. Me levanto el sábado por la mañana, luce el sol, me siento en las escaleras de mi casa con un libro en la mano, y descanso...No hay gritos de sorpresa, ni llamadas al muzungu desde rincones ignotos, ni ojos como platos mirándome. Esta agradable sensación de reposo social actúa como un poderoso imán que me retiene en casa más tiempo del necesario, durante sábados y domingos. Mientras permanezco en casa, soy un ser anónimo, como solía ser antes de llegar. Cuando pongo un pie en la calle, dejo de serlo. ¡Oh la la, quien fuera anónimo!

2 comentaris:

  1. ¿...contribuir al desarrollo de un país, luchar por mejorar las condiciones de vida de la población local..?
    Qué alegría me da ver que después de tantos años, sigues manteniendo la inocencia!

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  2. Deber ser que sí, que la inocencia me mantiene en esta profesión :) Pero, para matizar, diría que cualquier persona que haya trabajado mínimamente con las ONG y en temas de desarrollo en general, ya sabe toda la mierda que hay. Hay quien no puede soportar la mierda, y lo deja. En mi caso, vi la mierda hace muchos años, la asumí y conseguí seguir. He trabajado en proyectos lamentables, y en otros con un impacto positivo real. Son los segundos los que te motivan para seguir, y ahora tengo la impresión de estar trabajando en uno de ellos...Eso debe explicar mi recuperación de la inocencia perdida, jeje

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